Lloré, me quejé y dejé de hablar por 3 días hasta que el mal humor me puso de mal humor. Armé mi bolso y me preparé para pasar 30 días en “un lugar soñado”, como le decía mamá cada vez que sacaba el tema de las vacaciones (promedio: 4/5 veces por minuto). Mis hermanos, más chicos, jamás se enteraron de mi drama de puber precoz, y llegaron al aeropuerto con una sonrisa en la cara y llenos de caramelos que papá les compró en Ezeiza.
No me acuerdo demasiado del vuelo, probablemente por el nivel de miedo y sorpresa que viví mientras estabamos en el aire. Mamá, al lado, leía una revista tranquila y soñando con lo que le esperaba. En ese entonces, claro, Cancún no es lo que es hoy en día. La infraestructura turística dejaba mucho que desear, no era para nada comparable con los complejos hoteleros y los balnearios llenos hasta reventar que se pueden ver en la actualidad. Cancún era un lugar “canchero”, exótico pero al mismo tiempo glamoroso. Madre: chocha.
Todavía quedaba bastante del pueblo de pescadores original, y eternas playas vírgenes estaban a nuestra disposición. Nos alojamos en una especie de cabaña (rancho para los lugareños) donde podía ver la costa desde la ventana. En ese momento me enamoré de Cancún, de las caminatas a la tarde, de los castillos de arena en una playa casi desierta, del agua turquesa y de la arena blanca. Almorzabamos en locales pintorescos cualquier cosa que saliera del mar (aprendía a amar el pescado), y a la noche dabamos paseos por el centro o nos acostabamos temprano para disfrutar a pleno el día siguiente. Por algo a las vacaciones en familia se las llaman vacaciones en familia.
Vivimos al máximo la cultura de México, visitamos varias islas y pudimos apreciar la belleza de los arrecifes de corales. No mucho más que eso, pero volví a Buenos Aires negra y con una sonrisa en la cara. ¿Cuando volví?: 20 años después. ¿Con qué me encontré?: después les cuento.